LAS CHICAS DE ALAMBRE, UNA
LECTURA PSICOANALÍTICA
Mario Elkin Ramírez
NEL-Medellín
El escritor catalán Jordi Sierra i Fabra, hizo una reedición en el 2001
de su novela corta Las chicas de alambre[1]. En él recrea el mundo de
las top models, que realizan el sueño de miles de adolescentes
contemporáneas, pero muestra su reverso de pesadilla, el costo de ese breve
sueño, pagado con frecuencia por ellas con el cuerpo, objeto de la anorexia, de
la bulimia, de las drogas y de la muerte.
Su lectura permite una reflexión
psicoanalítica de cómo en la contemporaneidad, caracterizada por una alianza
perversa entre el discurso de la ciencia y el discurso del capitalismo, el
mercado ha tomado el cuerpo de miles de adolescentes como una mercancía, con
valor de cambio y un valor de uso breve, con una obsolescencia programada de
máximo diez años; de tal modo que si no mueren en el intento, o caen en la
prostitución, la pornografía, la toxicomanía u otros destinos sociales
(pulsionales), a los veinticinco años ya estarán fuera del mismo, y solo
algunas, realmente escasas, con un éxito social y una relativa firme posición
subjetiva que lo soporte.
A las chicas de alambre fue “la delgadez que
las llevó primero al éxito, que incluso les dio el nombre, y que, finalmente,
las acabó matando”[2].
Belleza y estrago
Una de ellas, proveniente de una familia de
clase media americana, respetable y fanática religiosa, su madre la trató desde
su infancia como una reina de belleza y alguna vez le dijo: “Dios te ha hecho
hermosa para algo; de lo contrario te habría hecho como a cualquiera otra
mujer. Haz, pues, que el Señor se sienta orgulloso de ti”[3]. En ese
significante, del que ella hace letra, está la marca de un Nombre-del-Padre,
pero bajo la forma de un imperativo superyoico, que le marca un destino, una
misión, la hace un instrumento en el que la belleza cumple una función. Ella
fue, en consecuencia, la “imagen perfecta de la América sana y maravillosa que
preconizaban los propios estadunidenses”[4]. Pero ese mandato materno
“había sido el detonante”[5] que provocó su efímera gloria y
también su estrago.
Una aspirante a chica alambre dirá después
que en esa elección también cuentan los sueños “de sus madres, que están gordas
como focas, y buscan el éxito de sus nenas para paliar sus propios fracasos”[6].
Se recuerda a la primera top model,
Evelyn Nesbit, quien “en 1901 llegó a New York, a los quince años, acompañada
de su inevitable madre –todas tienen una madre celosa y protectora, hasta que
ellas mismas se independizan, cansadas de su celo”[7].
A la otra chica de alambre, hija de somalíes
y nacida en el Cairo, su padre, luego de hacerle la ablación del clítoris a los
nueve años, la había vendido a un traficante de camellos, al cual ella se le
escapó a sus trece años. Pasó la frontera de Etiopía y encontró un empleo en
una casa, donde un amigo francés de su empleador, vino a descubrirla y llevarla
a París.
La marca de esta chica era distinta, su
belleza física contrasta con su frialdad sentimental, “muerta en vida, no podía
amar a nadie”[8], por su trágico origen; desecho familiar y “rescatada”
por un capitalista, que luego la explotará en el negocio de las top
models y la inducirá a las drogas para que se mantuviera delgada. Su
madre no aparece en el relato, pero el gesto del padre se constituye como una
devastación para su hija.
La madre de la tercera chica de alambre muere
pronto. Fue una hija ilegítima por lo que apenas fue reconocida por un padre,
quien no se ocupará de ella ni quería saber nada de su suerte, ella queda al
lado de una tía soltera, quien después se muestra indiferente por su venturas o
desventuras.
E Nesbitt (1885 – 1967)
Es alguien “sin ninguna raíz”[9] que luego fue
descubierta en España, a los trece años, por un fotógrafo que le hizo “su
primera sesión como mujer y vaticinó su futuro”[10].
La narración atrapa al lector que quiere
saber el destino de ésta última chica, desaparecida desde hace diez años, luego
del suicidio de las otras dos; la una por sobredosis de morfina, la otra por
una ingesta de anfetaminas, luego de saberse infectada por el sida, pues,
habiendo sido una de las mujeres más bellas del mundo no soportaba la idea de
la decrepitud física que le impondría la enfermedad.
El interés de la novela es que el autor
investigó durante diez años, los entresijos del mundo de estas chicas, que son
elevadas a la dignidad de modelos de miles de adolescentes, tan anoréxicas como
ellas “por degeneración”[11], y que hacen de la delgadez un icono de una
belleza que coquetea muy de cerca con la muerte.
La anorexia, en la mayoría es llevada casi al
límite, las hace frágiles muñecas a punto de romperse, pero extrañamente, en
ello reside su belleza. Esto, en el contexto del discurso capitalista, cuyo
imperativo “consume”, impone significantes como: “nuevo”, “joven”, “brillante”,
“veloz”. Por lo que cada año emergen nuevos rostros, se tejen nuevas historias
y las pasarelas encumbran “a media docena de diosas de la imagen”[12].
El culto al esqueleto
Fue a partir de los quince o dieciséis años
que una de las chicas de alambre se pasó a la anorexia. “En aquellos días el
culto al esqueleto más que a la forma femenina se hizo religión oficial. Los
modistos las querían sin nada, sin pecho, sin caderas, casi sin rostro, aunque
parezca un contrasentido, andróginas, para poder moldearlas a su
antojo con cada colección”[13].
Si se prescinde de la forma dada por el
músculo, (la carne), solo queda el esqueleto, y éste es andrógino a primera
vista. Es decir, que a la forclusión del sujeto por parte de la ciencia se suma
la forclusión de la castración, ejercida por el capitalismo y esto se expresa
en esta tendencia a borrar, incluso en la anatomía, las formas diferenciadoras
del sexo.
A la declinación de los semblantes paternos,
en la contemporaneidad, le es correlativa una inclinación, primero al unisex de
la moda, que hace desaparecer la diferencia sexual, pero esta vez, se trata de
buscar la igualdad más allá de la ropa, en el esqueleto, en los huesos de las
modelos y sus seguidoras.
Es algo más agresivo, donde se reduce el
cuerpo a un organismo maleable. Que ellas sean casi sin rostro, sin formas, sin
senos, sin cadera, “sin nada”, es la tentativa extrema de borramiento
subjetivo. Es la aspiración a una instrumentalización reforzada, es el sueño de
que el cuerpo sea una materia informe en el límite de la vida, para ser
moldeada de acuerdo al capricho de su manipulador, a saber, la industria de la
moda y el mercado capitalista.
Que sean “sin nada”, tiene un impacto
subjetivo en ellas, quienes para conseguirlo se matan de hambre, se conectan
también con una “nada” en la anorexia: “comen nada”.
Este borramiento tiene sus antecedentes
históricos. Relata el autor que en los años veinte del siglo pasado: “el
diseñador francés Paul Poiret llegó a prohibirle en cierta ocasión a una
periodista inglesa que hablara con una modelo. Le dijo “No hable con las
chicas. ¡Ellas no existen!”[14].
Sin embargo, el consumo de masas las hizo
existir. Ahora quieren ser imitadas por las mujeres y poseídas por los hombres.
Es el valor de imagen fálico o ideal que recubre, no obstante, la dimensión de
objeto de goce, porque hay una cosificación radical como precio a pagar.
“Son productos acabados al milímetro [dice un especialista]. Pero
incluso la perfección puede mejorarse. Por eso ellas hoy se operan la nariz,
los pómulos, los labios, se hacen ampliar la frente, se quitan los dientes del
juicio o los molares inmediatos a ellos para que sus rostros sean más chupados”[15].
El cuerpo cosmético está muy presente en esta industria, interviniendo
en lo real. En ello la ciencia aporta el quirófano al servicio del ideal de la
belleza a consumir. Ya no es un delirio, esa transformación corporal está
materializada como una oferta quirúrgica.
La singularidad del objeto
mirada
Lo que “salva” a algunas de volverse un
desecho inutilizable demasiado pronto, es su singularidad: “no todas servían,
no bastaba con estar delgadas. La magia de esas chicas reside en lo que
desprenden, lo que emanan. Es como un aroma visual que las
distingue”[16].
Ese “algo” especial que seduce a quien las
descubre y piensa puede transmitirse a los demás concierne al objeto mirada.
“se puede estudiar para ser modelo, sí, pero
nadie puede enseñarte a mirar a una cámara. Esa mirada lo es todo. Y en su caso
toda ella se salía, atravesaba el espacio, se te metía dentro. ¡La misma cámara
la quería, que es algo esencial! No sólo eran aquellos ojos siempre tristes, su
aspecto lánguido, su inocencia plagada de ternuras, también era el morbo que
eso producía”[17].
En otro pasaje se intenta objetivar mejor ese
objeto: “ese algo indefinible que tiene una entre un millón, casi mágico, que
te atrapa y te enamora, seas de donde seas, tengas la edad que tengas y hagas
lo que hagas, mientras seas un humano con emociones”[18]. Pero solo una
de tanto en tanto lograba “meterse en la mente de alguien con solo mirarle, era
un don”[19].
La tentativa de materializar esa singularidad
no desfallece en el libro, en otro pasaje habla de que lo que diferencia
una top model de una modelo vulgar es “un halo invisible que
la hace distinta, que enamora al espectador, a la cámara, y que transmite la
sutil droga del deseo”[20].
En el imperio en que la imagen reina, el
objeto mirada es que dirige esa elección, es el que se pone en el cénit de esta
subcultura, no para vigilar sino para explotar la contemplación. Hacer de las
chicas del instrumento al servicio del goce voyerista mercantilizado. Es el
objeto escópico que prevalece en esta industria, y en el que la caducidad se
acelera.
Lo que se vende es la imagen al lado de la
mercancía que promociona, vestido u objeto. Y para ello se le exige a la top
model “ser camaleónica, parecer siempre distinta aún siendo ella
misma, mostrarse vulnerable pero también altiva, y mezclar sentimientos como la
tristeza con la desvergüenza, el carácter de una diosa con la ternura de una
novia. Venden imagen, pero además, se venden a sí mismas”[21].
Se pide entonces un máximo de fragmentación
subjetiva, casi esquizofrénico, y una combinación de pasiones que la cámara
debe capturar.
La no-relación sexual adolescente
Si bien, lo que se pone de presente en el
ideal de estas chicas es “lucir hermosos vestidos en las pasarelas, viajar, ser
famosas, ir a fiestas, ganar cinco millones de pesetas por día, y enamorar
cantantes de rock”[22], muchas aspiran a encontrar el amor y una
situación estable antes de ellas mismas pasar de moda como los objetos que
ofertan.
Pero lo que usualmente acontece, por tener un
trabajo nómada, que las pone a vivir en un “no-lugar”, como aeropuertos,
hoteles y pasarelas, es que no hay tiempo del romance y las distancias se
alargan. Esas circunstancias modifican los encuentros amorosos y sus códigos.
Así se ilustra el encuentro en una noche entre una modelo con un cantante de
rock:
“a lo peor ya no se vuelven a cruzar sus
destinos. Lo normal era eso: conocerse, mirarse, saber lo que iba a pasar, y ya
no hacerse ascos […] fue electrizante [Pero] Yo estaba en plena gira por
España, y ella en pleno trabajo por todo el mundo.
Teníamos que vernos en París, en Milán o en
New York tanto como en Oviedo, Vigo o Zaragoza. Una locura. No habría resultado
[...] éramos nómadas del mundo del espectáculo”[23].
Son las formas de expresar el desencuentro
fundamental de los sexos, la ausencia de una fórmula para la relación entre los
sexos inscrita en lo real aplicada a estas personas, esas son sus razones, lo
efímero, que hace que toda relación sea tan pasajera como la anterior. Pues
ninguno quiere renunciar a su carrera individual.
Lo que una de las chicas de alambre inspiraba
en uno de sus amantes, en su “melancólica delgadez” era “unos enormes deseos de
protegerla, de darle amparo, quererla, acariciarla”[24]. Es una mezcla
entre un sentimiento paternal incestuosamente mezclado con lo erótico. Son
chicas menores de edad y ahí yace el morbo, que también satisface una cierta
pedofilia social, son las lolitas dadas a ver en el espectáculo de las
pasarelas, aunque sea un goce envuelto en una estética particular.
Pero esa atracción quiere también explotarse
frente a la cámara, está calculada para vender el producto, por lo que se sabe
que “esa delgadez extrema despierta compasión, ternura, cariño, vulnerabilidad”[25] y
eso, piensa el capitalista conmueve y empuja a comprar.
No obstante, hay una paradoja en las chicas
de alambre, y es un carácter altamente narcisista, rinden culto a su cuerpo. Un
tonto, amante casual de una de ellas, se quejaba de que ella le decía: “no me
aprietes los brazos que me dejas marcas, cuidado con el cuello que se queda
rojo y después se nota”[26]. Pero ese culto al cuerpo no les impide
destruirlo al ponerlo al límite con la anorexia, la bulimia y la heroína que
vienen en muchas a constituirse en partenaire-sinthoma.
La fábrica de modelos para
el consumo de masas
La fama como otro de los soportes sociales
que apoyan esa aspiración a ser una chica de alambre, parecería que les diera
un valor fálico, no sólo a la mirada de los hombres para quienes son posibles,
sino para la gente en general. Sus fans.
“Era una diosa, y las diosas necesitan
devoción”[27], dice uno de los personajes describiendo a una de ellas.
Pero es una industria en la que únicamente algunas logran triunfar. En cambio,
miles y miles sólo pasan por algunos catálogos baratos, o terminan “de azafatas
o bustos en programas de televisión. Nada más, incluido algún que otro
cuarentón con pasta al llegar a los veinticinco y comprender que a esa edad ya
se es vieja en este mundillo”[28].
Y sin embargo, hay millones de chicas en el
mundo que darían la vida por ser una de las que triunfan y una industria
dispuesta a jugar “con los sueños de esas protagonistas y con los de las
millones de adolescentes que las imitan”[29].
Son niñas que se inician a los doce o trece
años, sin asistencia psicológica, sin otra escolaridad que el modelaje,
trabajan quince horas diarias, tienen una descompensación horaria con el cambio
de ciudades y países, viven sobre una presión que no cesa. Lo que les hace
acudir a una vida medicada con tranquilizantes, estupefacientes, además de
cocaína o heroína para mantenerse famélicas.
Una
instructora que defiende la industria de las modelos expresa:
“Es tan duro que en el fondo todo está en su
contra. Si te enamoras estás perdida. Si estás sola, estás perdida. Aviones,
aeropuertos, ni soñar con tener un hijo, hombres que van a por ti pensando que
pueden comprarte porque debajo de cada modelo hay una puta […] pero basta con
el placer que se siente por dentro para superarlo […] Una modelo de pasarela
vive en esos minutos que está encima de ella casi toda una vida. Y otra que
preste su rostro a una marca de perfumes sabe que su imagen será vista y
admirada en todo el mundo. Eso […] es poder y poder es placer”[30].
Y al ser interrogada por “¿Qué es lo peor
para una modela joven?” respondió: “La familia y los novios […] Ser modelo
exige una disciplina total, entrega total, vida total…y sentirse modelo las 24
horas del día, por dentro y por fuera”[31].
Detrás de una fotografía de un bello rostro
anunciando cualquier mercancía, detrás de un desfile de modas, encontramos
entonces una férrea industria de cuerpos disciplinados, que desaloja el sujeto
de sí mismo y se enriquece a costa de las chicas de alambre y del consumo de
masas de sus imágenes.
[1] Jordi Sierra i Fabra, Las chicas de alambre, Bogotá,
Alfaguara, 2001.
[13] Ibíd., p. 32.
Las itálicas son mías.
[15] Ibíd., p. 83.
[16] Ibíd., p. 32.
Las itálicas son mías.